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He conseguido imprimir gratis mi homenaje a Alan Moore gracias a Saal Digital

Mi abuelo siempre me decía: «todo lo que te den gratis, traelo a casa»

Hace ya un par de meses me saltó un anuncio en Instagram anunciando un bono de 50€ para un cuadro personalizado en Saal Digital. Como tenía tiempo libre y hace siete años que quiero imprimir una foto por placer y siempre lo voy dejando de lado, me decidí a solicitar ser beneficiario de la oferta y aceptaron. Así que me puse a bucear en mi archivo hasta encontrar una foto que tomé en el incendio forestal de La Torre de les Maçanes en agosto de 2012. Por aquel entonces estaba en prácticas en el diario La Verdad en Alicante, haciendo vídeos para la web del periódico. Pero ese día mi compañero Carlos Rodríguez me dejó una de sus cámaras para tener más imágenes del suceso.

Acababa de ver ‘V de Vendetta’

Aquello fue muy grave, se quemaron 600 hectáreas y fallecieron un bombero y un técnico forestal. No quiero trivializarlo. Pero por ponerlo en su contexto, estaba de prácticas y era la primera vez que estaba en una noticia de tal envergadura. Llevamos agua en las mochilas para hidratarnos y resultó útil para que se hidrataran también los vecinos que habían salido corriendo para intentar contener las llamas. Procuré no pensar en las consecuencias de lo que estaba ocurriendo y dar lo mejor de mí en el trabajo. Cuando acompañé a Hugo, el hombre cuya silueta aparece en la fotografía, no tenía bien claro que iba a hacer. Me estaba alejando de las grandes llamas para quedarme con un vecino que iba a apagar todos los matorrales aislados para que no causaran otro posible foco. Llegamos a una viejas ruinas y lo vi claro; el momento de V de Vendetta en el que se quema la ‘clínica’ y Uve (V) aparece entre las llamas y los escombros.

La edición de 2012

El cuadro personalizado que me envió Saal Digital llegó una semana antes de la estimación inicial del pedido. El problema es que me precipité al enviar la foto y no la retoqué con mis conocimientos actuales.

Sobre el riesgo y la desesperación

Artículo publicado originalmente en el diario La Verdad de Alicante el 15 de agosto de 2012

Ninguna de mis experiencias desde que trabajo en prensa me ha marcado más que la sensación de contemplar la destrucción de un incendio desde la misma distancia que pueden saltar las ascuas. Primero, un largo paseo cargados con las cámaras, a través de pinadas y olivares, viendo a las fuerzas de extinción y algunos vehículos particulares dirigirse hacia la nube gris que nos orientaba. Las sirenas y el olor de la ceniza nos los confirmaba. Pocos minutos más tarde el humo dejaría un sabor agrio en nuestras gargantas y en el ánimo.

Tomamos las primeras imágenes desde el interior del bosque, donde se elevaba el espeso humo desde lo más profundo del valle, separando la zona todavía verde en la que nos encontrábamos y el infierno hacia el que nos dirigíamos. A cada pisada, menos tierra y más ceniza, a cada aliento menos aire. Sin distracciones innecesarias, avanzando en busca de brigadistas y bomberos.

Rodeamos una construcción de piedra, deteriorada por el fuego más que por el paso de los años. «Estamos pisando brasas, no te quedes quieto en el mismo sitio mucho rato», me aconsejó Carlos. Hacía rato que no pensaba en que era mi primer incendio o en dónde ponerme para captar las mejores imágenes. Mis sentidos estaban colapsados. El ruido de las llamas, las sirenas y el castañeo de las piñas explotando en las ramas de pino. El olor del humo integrándose en la ropa, en nuestro sudor y en las gargantas, sintiendo como si masticáramos papel quemado.

La sensación de acartonamiento en la piel, cada vez más caliente y roja, del mismo modo que el funesto paisaje que nos rodeaba, en el que ya sólo se veían llamas.

Detrás del viejo caserío apareció Hugo entre la humareda, un hombre de unos 45 años que sujetaba en la mano una frondosa rama de olivo con las puntas quemadas, con la que empezó a sacudir los pequeños focos. Calzaba unas deportivas y vestía un pantalón corto. Más tarde averiguamos que había salido corriendo desde Alicante cuando recibió la llamada de un amigo alertándole de que sus terrenos estaban siendo asolados por el fuego. Decidimos acompañarle.

Al llegar allí nos encontramos con su familia y los vecinos de la finca colindante, quienes se hallaban azotando los matorrales. Cada vez que escuchaban el sonido de las aspas de cualquier medio aéreo se elevaban sobre una piedra para hacer señas reclamando agua.

El ánimo cada vez reflejaba una mayor mpotencia y reprobación hacia las fuerzas de extinción por no haberles dejado actuar como voluntarios en el momento que se declaró el incendio. Pero cada uno ofreció ayuda para que los bomberos pudieran emplear su finca para repostar, o circular por caminos que no aparecen en los mapas.

Un brigadista se acercó por una de las pocas sendas que se podían distinguir. Les informó que un camión iba a desplazarse al foco contra el que luchaban. Observó los posibles accesos al lugar y preguntó el nombre del camino que iba directo a la torre de fuego en la que se convirtio un gigantesco pino.

Carlos llamó mi atención para volver al pueblo antes de que anocheciera. Teníamos camino por delante y todavía teníamos que buscar un lugar con ‘wifi’ para poder enviar las imágenes al periódico.

Al despedirnos Hugo se unió a nosotros y se ofreció a acercarnos en su todoterreno. Cuando atravesamos el umbral de los pilares que delimitaban la entrada a la finca, nos enseñó las cadenas cortadas por los bomberos al verse obligados a pasar por sus tierras, como había vaticinado en su llegada al control. Tras dejarnos y ver que todavía algunos vecinos estaban a la expectativa de noticias, nos dirigimos al coche a por nuestros ordenadores, no sin antes responder a las preguntas de los preocupados vecinos, quienes también nos ayudaron a encontrar una conexión de red inalámbrica.

Entramos al hotel rural que distaba a escasos cien metros y tras verificar la conexión,me quité las botas y ambos comenzamos a procesar el trabajo deprisa.

En pocos minutos ya teníamos a nuestra espalda cinco personas observando las imágenes que habíamos captado, un turista y cuatro lugareños, entre ellos la propietaria del establecimiento. De todos ellos me llamó la atención una chica que lucía un vestido verde. Me dio la impresión de que el incendio había interrumpido su plan de ocio. Al preguntar descubrimos que se trataba de las fiestas de Torremanzanas y que, irónicamente,en el día de ayer debían celebrar la tradicional ‘banyà’ o ‘poalá’, en que se lanzan cubos de agua unos a otros. Fueron cortos los instantes de buen humor, casi imperceptibles, entre las ráfagas de aire que nos devolvían el olor a humo con las que el fuego nos decía que seguía amenazando, ocultándose en las tinieblas de la noche más oscura.

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